Entrevista con el director general del CIRES, A.C. Ing. Juan Manuel Espinosa Aranda

Ingeniero desde siempre, Juan Manuel Espinosa Aranda declara que la lista de personas que le han ayudado es larga. Gracias, es la principal palabra en su vocabulario al momento de revelar cómo fue creciendo desde que practicaba aeromodelismo, aviación y fotografía hasta que la vida y la fortuna lo llevaron al regazo de los dioses de la ingeniería de México y el mundo. Entereza, tenacidad, necedad, inteligencia, innovación y desarrollo complementan el amplio vocabulario de quien también gusta de la poesía; pero sin ninguna duda, cinco palabras son las que lo marcaron de por vida: Centro de Instrumentación y Registro Sísmico, lugar en el que ha dejado 35 años de vida y una huella profunda en la historia de México al crear, impulsar e innovar, desarrollos que ahora son de seguridad nacional como el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano. Aquí un poco de su historia:

Comunicación y Contenidos: ¿Qué estudió, por qué y en dónde?

Ing. Juan Manuel Espinosa: Si hago la lista de las personas que me han ayudado, el directorio telefónico se queda chico, aunque ya no hay directorios telefónicos, recuerdo que llegaban a la casa en bolsas etiquetadas a nombre de mi mamá, Alicia Aranda de Espinosa. Mi madre era hija de un político de la época del ex presidente Emilio Portes Gil, mi abuelita era una feminista precoz y se separó de mi abuelo porque era una bala perdida, y a mi madre le puso su apellido que es Aranda y no el de mi abuelo que se apellidaba Correa, mi abuela era Micaela Aranda, una mujer de muchos pantalones, muy capaz, muy educada y de muy buenos sentimientos, se fue a vivir con sus hijos y se hizo valer arreglando y haciendo cosas con su máquina de coser y les dio una formación muy sólida en lo ético y en lo moral a sus hijos y por eso y más mi mamá le dio el mérito de su formación.

Por otro lado, la mamá de mi padre era la artista de la familia, de ahí viene una cierta formación que tengo con sesgos hacia las cosas de arte, poesía, pintura, piano; la formación técnica de la ingeniería fue muy de capricho mío porque gusta, aunque también hubiera podido ser buen médico u otras cosas.

Mi título dice, Ingeniero Mecánico Electricista de la Facultad de Ingeniería de la UNAM y tiene fecha de julio de 1973; mi ingreso a la UNAM fue en 1964 cuando entré a la preparatoria, de hecho yo inicié el plan de estudios de tres años cuando me tocó estudiar ese nivel, mi número de cuenta era 6408437; hice la escuela en dos preparatorias, una en el plantel de Coapa y la otra en el de La Viga que por cierto me tocó estrenarlo; ahí conocí al Ing. Gerardo Legaria, quien es miembro del CIRES como Asociado Profesional lo cual es muy afortunado para nosotros; hicimos la prepa y en el primer año era todavía un programa bianual de estudios, me acreditaron doce materias, posteriormente fueron periodos semestrales y de ahí hasta el final, eso de las distintas temporalidades de los planes de estudio creo yo que fue por querer seguir planes de estudios de otras escuelas fuera de México.

Resultó que el ingeniero Legaria y yo nos volvimos a encontrar en la Facultad de Ingeniería en la especialidad de Ingeniería Mecánica Eléctrica, ahí también nos tocó inaugurar otro plantel que era el anexo de Ingeniería de Ciencias Básicas al sur de la facultad, en otro segmento del campus de Ciudad Universitaria.

Comunicación y Contenidos: ¿Y por qué ingeniería?

Ing. Juan Manuel Espinosa: Desde muy joven he tenido vocación de hacer cosas de ingeniería de diferente aplicación, de chico cuando no teníamos los juguetes que existen hoy en día como video juegos, electrónicos etc., yo hacía “cositas”, resulta que había muchas obras de construcción por donde yo vivía con pequeños montículos de grava y arena y ahí jugábamos, porque también jugando se aprende.

Mi padre era piloto aviador y prácticamente todos los domingos “íbamos a misa” al hangar en donde se guardaba su avión, todos los domingos nos llevaba a volar en lugar de llevarnos a la iglesia; tuve esa fortuna y aprendí a volar, no tengo licencia pero sí aprendí y es como andar en bicicleta, como que no se le olvida.

Mi papá decía que volar no era un juego, sin embargo nos enseñó a volar, a despegar, a aterrizar, a pedir pista a la torre de control y también a hacer el drenado de los tanques, etc. Esto último es muy importante porque antes de volar hay que sacarle la humedad a los tanques porque se da el fenómeno de condensación, hay agua y esa agua ‘corre’ hacia el carburador y es muy peligroso porque en el despegue puede “toser” la máquina. Claro que estoy hablando de una avioneta sencilla, porque en los aviones grandes de otra potencia de vuelo, de maquinaria más compleja, es otra cosa; aunque déjeme decirle que volar tanto un planeador sin motor como un avión motorizado, tiene más o menos la misma aerodinámica que hay que entender.

Mi padre dejó la aviación pero no quería que nos quedáramos con el gusanito de volar y lo logró. Tiempo después vendió su avión pero en ese momento se dio una de tantas devaluaciones del peso y aunque le pagaron en tiempo y forma ya no alcanzó a reponerlo por otro avión y prefirió cortar por lo sano. Duró muchos años volando porque tenía facultades muy notables; fue instructor de pilotos de vuelo, esa fue también su profesión, nos consecuentaba mucho y nos enseñó razonablemente bien, pero también tuvo el talento de decir: ‘saben qué, no van a volar’, dedíquense a otra cosa porque esto no es un juego. Él estaba prácticamente todos los días en el aeropuerto, hacía vuelos especiales que le pedían ingenieros, por ejemplo, los ingenieros que hicieron la presa del Infiernillo ahí en el Valle del Balsas. Volaba mucho y aterrizaba en playones del rio Balsas ya que no había pistas. Fue un piloto muy capaz.

Tuve un montón de oportunidades que no son muy comunes para los jóvenes. Ejercí de chico también la profesión de la Fotografía en un estudio que teníamos: hacíamos fotos de grupos, de credenciales, de niños, etc., y tuve las intenciones de perfeccionar la práctica e irme a estudiar a Rochester, a la Kodak y hacer una carrera en fotografía. Afortunadamente tuve un encontronazo con la ilusión de mi padre de que yo fuera médico; platicábamos de eso cuando íbamos a volar y en fin, desde niño tuve un gran abanico de oportunidades con cierta perspectiva favorable y facilidades para poder hacer cosas, esto sin perogrullo; hacía aeromodelismo, radiocontroles y muchas cosas más.

Ya después le dije a mi papá: ´me voy a meter a estudiar ingeniería’, quien por cierto no quería que yo fuera fotógrafo porque lo consideraba algo muy rústico y tuvo razón porque hoy en día con cualquier teléfono se toman fotos magníficas, ya no se requiere tanto la mano del fotógrafo, inclusive la Kodak ha tenido que cambiar su línea de productos.

Finalmente entramos a la ingeniería, después de dos años de ciencias básicas que se fueron volando, y en el ir y venir dentro del Campus de Ciudad Universitaria, encontramos el camino. Diario pasábamos por algo que llamábamos el camino verde, donde están unos laboratorios del Instituto de Ingeniería de la UNAM (IIUNAM), en los cuales se prueban modelos de diversos tipos. Modelos de estructuras, estudios sobre pavimentos, modelos hidráulicos de presas para ver su diseño dinámico. Tiene mucho de experimentación lo cual a mí siempre me ha gustado, considero que esa es la parte interesante de la ingeniería ya que no es solo investigación científica ni modelados, sino meter las manos y hacer que los diseños (las hojas) se vuelvan realidad y funcionen, y eso fue y es lo mío.

Viendo las cosas en retrospectiva había entonces muchas incertidumbres, tiene uno muchos maestros, hay materias más difíciles y otras más llevaderas. A mi me gustaban más las materias que tenían aplicaciones, que tenían laboratorios, las muy teóricas no tanto. Me parece que es muy importante la función de los laboratorios porque es necesario que se vea la complejidad de lo que se está desarrollando; hay que empezar a modelar, a ver las aplicaciones, los requisitos analíticos y matemáticos para poder respaldar el desarrollo.

Hay veces que las cosas salen mal. La ingeniería tiene mucho de intuición y hay que tener esa vocación de buscar la solución y de ahí la evolución, como por ejemplo, las normas de construcción no son totalmente rígidas, no son totalmente inamovibles.

México es ejemplar en este sentido, cuando ocurre un sismo y hay daños en edificaciones, se hacen correcciones y modificaciones a los reglamentos de construcción; es una dinámica en donde se va perfeccionando el conocimiento y cada vez se dan menos fallas. Y cuando algo llega a fallar se debe de tener la capacidad de descubrir la causa, corregir los modelos y replantearse las cosas; es un quehacer como cualquier otra disciplina científica, en medicina, por ejemplo, ocurre lo mismo, continuamente se busca subir el promedio de vida.

Comunicación y Contenidos: Háblenos del CIRES por favor. ¿Cómo lo fundó?

Ing. Juan Manuel Espinosa: ¿Tiene tiempo?

Bueno, desde la época que estaba en la Facultad de Ingeniería, un buen amigo que lamentablemente ya falleció, que estaba en ‘hidráulica’, y que también volaba, me ofreció trabajar en el Instituto de Ingeniería de la UNAM (IIUNAM).

Posteriormente me volvieron a invitar a colaborar en dicho Instituto, ya con el profesor Humberto Rodríguez y Cayeros; éramos sus becarios, me refiero al Ing. Gerardo Legaria y yo. Eso marcó un derrotero muy específico ya que el área a la que ingresamos era de ‘Instrumentación’.

Esta área es una opción muy interesante porque todos los modelos experimentales requieren de toma de datos para poder hacer determinaciones teóricas, los modelos de cualquier cosa, como resistencia de materiales, comportamiento hidráulico etc., se tienen que medir y esa medición a veces es difícil hacerla sin que haya riesgos de interferir en el fenómeno y sacar un dato incorrecto.

Por ejemplo, un termómetro de mercurio que le pone uno a un niño, puede dar una medida no muy exacta porque el instrumento está frio, y si no se deja el tiempo suficiente en el cuerpo del infante, puede dar una temperatura equivocada.

Hay grupos etéreos. Apenas en la práctica se va adquiriendo algo así como sabiduría práctica, digamos, y en eso el profesor Humberto Rodríguez y Cayeros es un especialista. Tiene mucho talento; con solo platicar con él se aprende mucho porque explica con una calidad de docencia ejemplar. Nosotros éramos sus becarios, sus ayudantes, y ahora somos buenos compañeros en la vida. Es padrino de uno de mis hijos, por ejemplo.

Desde que era mi maestro, por causas fortuitas, hubo un acercamiento con mi familia, porque resulta que tenían amigos comunes. En épocas previas mi padre era muy buen excursionista y un líder de campistas (‘Acampadores’ se llamaba el grupo) y era muy amigo del Ing. Humberto Rodríguez y se hizo ahí una micro familia. Se reencontraron y fue muy agradable todo eso.

Resulta entonces que yo transité en la Facultad de Ingeniería junto a un grupo de buenos amigos como: Gerardo Legaria, Rodolfo Peters Lammel (quien recientemente se retiró del IIUNAM y quien fue un profesor muy destacado también en el instituto en el área de instrumentación), Juan García López y Roberto Quaas. Ellos y yo hicimos una tesis de telemetría sísmica: el diseño de todos los circuitos electrónicos para hacer un sistema de telemetría sísmica. Fue sumamente entretenido desarrollarlo. A partir de ahí caímos en una dinámica como la que actualmente tiene el CIRES, es decir, soporta una revisión sistemática de todas las partes, de todos los elementos de un sistema complejo, como es el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX) o de la Red Acelerográfica de la Ciudad de México (RACM).

Siempre están las cosas bajo el escrutinio nuestro y si se pueden mejorar y corregir partes, esperamos el momento oportuno para hacerlo, para establecer la revisión y con eso mantenemos a raya el gusanito del diseño, que es muy importante preservarlo, pero hay que domesticarlo. Nosotros no podemos estar haciendo experimentos de manera continua porque hay que seguir dando el servicio como en el caso de los acelerómetros aplicados a un sistema de prevención de desastres, como lo es el SASMEX.

Todo eso ocurría en la tesis a la que me referí cuando estábamos en la Facultad y en el IIUNAM; resulta que llegamos a la versión final para impresión de la tesis con el fin de obtener el grado de licenciatura. Entonces tomamos la decisión de que se iba a imprimir primero mi edición, pero la tesis ya iba para la basura. Le explico: el día del examen nos dimos un agarrón con los sinodales porque les hicimos ver que ya no servía lo que estaba en la tesis y que ya habíamos encontrado otra opción. Fue una cosa muy afortunada porque al final salimos muy fortalecidos y fue muy agradable alternar con los maestros sinodales porque además estábamos súper ‘filosos’. Éramos un grupo de resultados importantes y el diseño que hicimos fue muy exitoso.

Por ejemplo, hoy se habla mucho de la actividad del volcán Popocatépetl y de que se tiene monitoreado de manera regular, etc. Resulta que la telemetría sísmica que diseñamos nosotros en 1973 hoy la utilizan en el Centro Nacional para la Prevención de Desastres (CENAPRED) para observar el volcán. Nuestro diseño resultó ser sumamente confiable y se sigue usando a pesar de que hay cosas nuevas: nuevas tecnologías, tecnologías compradas, etc. Pero esta es una tecnología de la casa, hecha por la UNAM, que se quedó ya como un sistema que es bueno y efectivo para lo que se pretende y le da servicio a los ingenieros del CENAPRED, quienes observan los peligros para la prevención de desastres; ingenieros que, por cierto, en eso son muy buenos.

Todo eso nos dio mucho ‘filo’. Yo entré al IIUNAM en 1970 y a la Facultad de Ingeniería en 1967. Me tocó el movimiento estudiantil de 1968, tan polémico todo lo que pasó en esos momentos y luego los acontecimientos de 1971. En ese año yo ya estaba dando clases en la Facultad de Ingeniería y fue todo muy complejo. Yo trataba de moderar las acciones de los alumnos, les decía: ‘si se ponen al tú por tú, al pleito con el gobierno, con las autoridades, van a terminar en la fosa común; piensen bien lo que está pasando y cuando les toque tomar decisiones traten de ser congruentes con lo que hoy critican y les deseo suerte. Y por favor, no se vayan a convertir en una estadística. Mejor capacitémonos; hagamos las cosas bien y veamos en qué podemos ayudar a la comunidad, al país’. Fue muy importante para mi haber dado clases en la Universidad; di algunas materias y preferí ya no hacerlo porque dije: ‘cuando tenga algo que platicar regresaré, en lugar de contarle a mis alumnos cosas que leía en los libros’.

Ya en 1980 tuve derecho a un año sabático en el IIUNAM y aproveché la oportunidad para ingresar a la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Me enteré que había un ingeniero con el que se podía hablar porque estaba buscando un auxiliar para su oficina. Él era un ingeniero civil muy destacado: Luis Ramírez de Arellano Álvarez, quien era primo hermano del ex presidente Luis Echeverría Álvarez. Lamentablemente, ya murió Don Luis. Me refiero al ingeniero.

El ingeniero Ramírez de Arellano también estaba emparentado con un compañero mío de la tesis: él [se] casó con la hermana de Rodolfo Peters (Martha). De hecho fue él quien me dio el tip de que su cuñado estaba buscando un asistente. ‘Es muy chico el mundo’, la verdad. Yo le había comentado a Rodolfo que no me iría a estudiar al extranjero porque tenía que ‘ganar lana’ porque la hipoteca de mi casa estaba ‘para los tigres’ y me dijo: ‘háblale a mi cuñado, anda buscando alguien que lo ayude’. Me fui a CFE ese mismo día y me dijo: ‘te voy a contratar de base’. Y yo sorprendido, porque los empleados de CFE hacen méritos muchos años o toda su vida y nunca los contratan de base, para que no hagan antigüedad, y los recontratan cada 11 meses y medio, los corren y los vuelven a contratar por una mafia sindical que existe.

Yo no sabía eso. Don Luis me contrató de base pero me dijo: ‘si no nos entendemos te vas’. Me hizo mi gafete, el cual tenía un código de colores que, como estaba con el director, podía ingresar a todas partes, con un rango del más alto nivel, aunque en realidad yo solo era un técnico ayudante.

Trabajé hasta 1986 en la CFE y eso me brindó la oportunidad de relacionarme con gente de mucho prestigio. Como dije, yo estaba como auxiliar de la oficina, aunque mi especialidad era en electrónica e ingeniería mecánica. En el área de construcción de la CFE, los que tienen más peso específico son los ingenieros civiles y mi formación no iba por ahí.

Trabajar seis años en la CFE fue una aventura memorable porque era trabajar y conocer otro rango de obras: plantas hidroeléctricas, plantas termoeléctricas y, sobre todo, la núcleo eléctrica de Laguna Verde en la que tuve la oportunidad de estar dentro del reactor nuclear de la planta antes de que hubiera radioactividad, claro, para certificar las soldaduras hechas por el personal al que le dicen ‘los argoneros’, porque sueldan con gas Argón. Son unas ‘aves raras’ pero muy importantes; son trabajos muy especializados. Me pidió el Ing. Luis Ramírez que lo acompañara y fue una experiencia muy buena y en ese tiempo muy hermética.

Ahora a los ingenieros de Laguna Verde, cuando hace falta que entren, lo deben de hacer con un sensor de radioactividad, un dosímetro, y el jefe de la planta debe de llevar el control de exposición a la radioactividad de todos los trabajadores para no exponerlos demás porque si no les puede dar cáncer.

Se puede hablar mucho de la núcleo eléctrica, pero también se puede hablar mucho, por ejemplo, de las carboeléctricas, como la de Rio Escondido, en Coahuila, o de la hidroeléctrica del Rio Bravo, en la Presa Falcón, en donde hay dos plantas, una a cada lado de la frontera. Son plantas chicas pero muy importantes para dar servicios locales.

En fin, podríamos hablar mucho de todo ello en otra ocasión. Por ejemplo, los ingenieros de la CFE le temen a los Blackouts (apagones totales) porque son muchas plantas coordinadas y, si una falla, es muy complicado volver a echar a andar el sistema. Para mí fue una fortuna haber podido trabajar con el Ing. Luis Ramírez de Arellano, quien ocupó cargos de altísima responsabilidad en la Comisión. Muy institucional, sobre todo, muy capaz y quien desafortunadamente tuvo problemas con el sindicato. Algo lamentable y terrible. Lo quitaron por honesto, por ser derecho.

Entonces mi sabático en la UNAM duró seis años. Yo salí en 1980 y en 1986 me pidieron que regresara al IIUNAM. Esos fueron los años de la CFE. Por cierto, el presidente López Obrador fue recientemente a la planta llamada José López Portillo, de Piedras Negras, Coahuila, a solicitar que se eche a andar para que genere energía eléctrica. Como dije, tuve el privilegio de trabajar con el director de construcción de esa obra y de otras obras muy importantes: Luis Ramírez de Arellano, especialista en mecánica de suelos, igual que el profesor Raúl J. Marsall Córdova. Esos son ‘señorones’ de esta especialidad. El Ing. Ramírez de Arellano Álvarez y yo nos llevábamos 16 años de edad, aunque cumplíamos años el mismo día. Había sido fugazmente director de Construcción y le dieron la Coordinación de Desarrollos Carboeléctricos y fue en ese tiempo que, como ya mencioné, buscaba a alguien que lo ayudara.

1985 – 1986. Así se constituyó el CIRES

Cuando estudié en la facultad ya se daban especializaciones como las que tomé y tengo. Al haber estudiado electrónica se amplió el horizonte y el número de lugares en donde podía (y puedo) trabajar. Por ejemplo, podía entrar a trabajar a laboratorios de electrónica, a salas de terapia intensiva en hospitales y, en fin, a un montón de lugares en donde se necesitan ingenieros en electrónica, en instrumentación, en telecomunicaciones, etc.

En el IIUNAM, por ejemplo, tuve muy buenas experiencias con la instrumentación. Todo esto se fue decantando, hasta confluir en el CIRES. Lo que hemos hecho está muy enfocado a estas especialidades que comento y tienen, éstas, la posibilidad de incidir y ayudar a los ingenieros civiles y de cualquier otra especialidad relacionada a hacer procesos de toma de datos.

19 de septiembre de 1985

Como dije, luego del sismo de Michoacán, el 19 de septiembre de 1985, pasaron muchas cosas de manera paralela. Cuando ocurrió dicho temblor yo trabajaba en la CFE Regresé a trabajar después de mis vacaciones, en las que, por cierto, hice un trabajo de electricidad con Gerardo Ibarrola, al que fui a dejar a su casa en una noche cualquiera. En eso estaba cuando me llamó el ingeniero Antonio Maza, de la CFE (también legendario personaje de la hidráulica mexicana), y me dijo que había un cheque para mí. Era un bono que le habían dado a los empleados de confianza y me solicitó ir por él. Cabe mencionar que desde diciembre de 1985, siendo yo aún empleado de la CFE, me comentaron que hablara con autoridades del IIUNAM, porque estaban pensando crear algo así como un centro de instrumentación.

Esto del cheque ocurrió un día muy cercano a la celebración de los Reyes Magos, en enero de 1986. Total que al darme el cheque, el ingeniero Maza me dijo: ‘oye Manolo, no te puedo dar chamba porque no has ido a hablar con Roberto Meli ni con el Dr. Luis Esteva, que te han estado buscando. A ver si los llamas’. Yo regresaba de vacaciones, como dije, y nadie me había buscado. Acto seguido, el Ing. Maza le dijo a su secretaria: ‘comunique al Ing. Espinosa con el Dr. Rosenblueth’. Así lo hizo y me comunicó con el doctor, quien me dijo (palabras más, palabras menos) que estaban interesados en que ‘les ayudara en cuestiones de instrumentación que se les venían encima’. Me dijo que estaban armando un cuadro técnico para hacerse cargo de instrumentos que se iban a poner en gran cantidad, en la Ciudad de México. Me pidió hablar con el ingeniero Daniel Ruíz, quien ya no estaba propiamente en la UNAM, estaba en el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE), con oficinas en la calle de Vito Alessio Robles ,junto al templo de Santo Tomas Moro, entre las colonias Florida y Del Valle. Ahí también estaban las oficinas del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, por cierto.

Fui a ver al Ing. Ruíz. Me pidió que hiciera una propuesta con un plan de acciones para echar a andar lo que a la postre sería un centro de instrumentación. Me dijo: ‘bueno, pues Usted ha hecho cosas apreciables en el IIUNAM. Háganos una propuesta de cómo manejaría Usted un centro de tales y tales características, para echarlo a andar’. Eso fue en enero de 1986. Pasó febrero y en marzo yo entregué un documento en el que se plasmaba un planteamiento sencillo pero que en realidad sí costó trabajo. Afortunadamente, yo había estado trabajando con el Ing. Ramírez de Arellano en la nucleoeléctrica de Laguna Verde casi un año, (si hay algo complicado en cuanto a planes de trabajo se refiere, es el plan de una planta nuclear) y bueno, esa experiencia me sirvió mucho, y logré hacer un plan. Aunque algo que me sigue faltando es un área de aseguramiento de calidad, que es una tarea muy celosa e importante.

Hice mi ensayo y se lo di a Don Daniel Ruíz. Se lo entregué y pasaron varias cosas en paralelo. Por un lado, yo tenía que asistir a actividades orientadas a este nuevo quehacer. Sin embargo, yo estaba contratado y me pagaban en la CFE. Entonces les pedí que me liquidaran porque ya no iba a estar ahí y, además, ellos mismos me estaban dando la instrucción de que me integrara a otro grupo. Tuve la fortuna de que aceptaran la figura de liquidación y no de renuncia voluntaria. Eso me resolvió muchos problemas, principalmente económicos. Cuando salí de la UNAM, por ejemplo, no regresé de inmediato porque tenía que pagar la hipoteca de una casa y varias cosas más. Con este movimiento quedé prácticamente tablas, fue un paso que no había que pensarlo mucho porque representó una gran ayuda.

A los pocos días se organizó una reunión encabezada por el Dr. Rosenblueth, en donde dijo y anunció que se constituía el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico y que éste Centro se haría cargo de manejar la carga de trabajo que algunos veían con mucha molestia desde la UNAM. Además, dijo, no era trabajo de investigación sino de servicio, para no enrarecer el trabajo de la UNAM.

En 1985, a raíz del terremoto, se dieron algunos desencuentros entre los notables, compañeros míos de la UNAM, con gente de autoridad como el Dr. Rosenblueth y otros que he mencionado. Querían datos y los fueron a buscar a la UNAM. Querían registros como los que hoy genera el CIRES. Eso es parte de la razón de nuestros estatutos, en donde dice que los registros que medimos son públicos y gratuitos. Toda la concepción de la idea que originó el CIRES, obedece a que hubo un desaire hacia estas personalidades en la UNAM.

El entonces equipo de la UNAM, no quería compartir dichos datos invocando su legítimo derecho de obtener grados en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), haciendo investigación y publicando. Hubo y hay una competencia muy franca. Entonces el Dr. Rosenblueth lo comprendió perfectamente y fue que decidió impulsar la creación del Centro, como una asociación extra universitaria, en la cual sus estatutos especificaran que los datos obtenidos no se pueden restringir para hacer investigación propia, los tienen que dar a quienes se los pidan.

El Centro se concibió como una asociación que brindara un servicio externo (como los outsourcings de hoy) a la academia. Al Dr. Rosenblueth se le ocurrió que para apoyar a la UNAM y para que se pudieran sacar y obtener datos rápidos, lo cual representa un trabajo técnico que tiene mucho rigor, se debía de crear un organismo como lo que hoy es el CIRES, A.C. Por esta específica razón, de septiembre a diciembre de 1985, se empezaron a dar las inquietudes de hacer un organismo ajeno a la UNAM que no tuviera problemas con los datos al momento de solicitarlos.

Se formó el Centro con la idea de que estuviera más al día, que no se fuera a un área de investigación sino que su trabajo garantizara y asegurara la toma de datos y que no fueran restringidos, que no hubiera problemas de entregar la información a los que la requerían. Problemas como los que se adujeron en aquel tiempo de que no se habían publicado, etc.

Nuestro estatuto en el CIRES es muy claro en ello y se decidió la creación del Centro. Se decidió que surgiera un grupo especializado para que cuando ocurrieran sismos, los datos fueran públicos y gratuitos, que no fueran restringidos y, bueno, ese ha sido el primer concepto del estatuto del CIRES que se ha respetado desde su formación.

El Dr. Emilio Rosenblueth hizo el anuncio de la creación del Centro. En esos día se dieron varias reuniones en el IIUNAM y en una, en específico, se hizo ver que había que hacer un trabajo adicional, importante por la necesidad de poner aparatos. Estábamos en una mesa muchas personas en el Instituto y algunos investigadores dijeron que era mucho trabajo. En fin, hubo cierta reacción y cuestionamientos sobre cómo iban a manejar tantos instrumentos. Que la UNAM no daba dinero para hacer ese trabajo de manejo de instrumentos. Que su presupuesto solo daba para comprar los instrumentos pero no para operarlos ni mantenerlos. Que otras organizaciones tenían cuadros especializados para manejarlos. Que se iba a desbordar ese quehacer, etc., etc., etc.

Fue en ese momento que el Dr. Rosenblueth anunció la creación del Centro y dijo además: ‘no se preocupen, pónganse de acuerdo con Juan Manuel, él va ser el director general y será una asociación civil la que maneje estos instrumentos y haga ese trabajo’. Fue un destape medio inesperado y me quedé con la impresión de que alguno de los presentes en esa reunión, también había sido convocado para presentar sus propuestas y que cualquiera hubiera podido ser el elegido. Eso provocó que algunas personas que consideraba mis amigos me retirarán la palabra por varios años. Creo que haberme ganado el crédito del ingeniero Marsal en la CFE ayudó en algo, porque hubo ocasiones en las que él nos invitaba a platicar, al Ing. Ramírez de Arellano y a mí, con el Ing. Fernando Hiriart [a] su oficina de director general en la CFE. El Ing. Marsal decía cosas que yo le había dicho y eso, además de darme gusto, me daba crédito, porque además le tenían pánico.

Fue un hecho que creo que se cocinó desde arriba, a nivel del profesor Fernando Hiriart Balderrama, del Dr. Emilio Rosenblueth, del ingeniero Raúl Marsal Córdoba, y seguramente de Don Daniel Ruiz Fernández, porque todos ellos eran miembros de la Fundación Javier Barros Sierra.

Total que cuando se hizo este anuncio, de que ya venían muchos instrumentos, hubo cierta efervescencia en la comunidad de ingenieros, de geofísicos y de investigadores. Fue algo muy elegante y medio inesperado, pero al final todos pudimos trabajar. Todos en diferentes frentes: en la CFE, en el CENAPRED, en la misma UNAM.

Los ingenieros firmantes del acta de constitución del CIRES fueron, entre otros: el ing. Javier Jiménez Espriú, Daniel Ruiz Fernández, Daniel Reséndiz Nuñez y Daniel Díaz Díaz. Ellos eran miembros de la Fundación Javier Barros Sierra. De ese grupo, como dije,  se gestó la necesidad de formar un órgano externo para los trabajos de toma de datos. Se consideró además que debía de ser una asociación civil sin fines de lucro. Todo el diseño de los estatutos y del acta constitutiva lo hicieron los notables que acabo de nombrar. A mí me nombran ante notario público ‘Director General’. La primera oficina que tuvimos estuvo precisamente en las instalaciones de la Fundación Javier Barros Sierra, en instalaciones de lo que fue una escuela secundaria.

Debo mencionar a alguien más, al ingeniero Gilberto Borja Navarrete, quien fue una autoridad en toda la extensión de la palabra: muy capaz, con un liderazgo impresionante, ingeniero destacadísimo que participó en la fundación de la ICA. Hizo muchas obras y fue Premio Nacional de Ingeniería. Tenía una visa (sic) administrativa fantástica. Fue presidente de la Fundación Javier Barros Sierra y del mismo CIRES. Fue un privilegio trabajar con él; era muy capaz para escuchar nuestras problemáticas y encontrar propuestas.

Por todo esto, y gracias a todos ellos, se hizo posible la creación de esta asociación civil, de la cual nos hemos hecho cargo, por buena fortuna, los últimos 35 años.

Como dije, al principio estábamos dentro de la Fundación Javier Barros Sierra, que albergaba tres centros: el Centro de Estudios Prospectivos (CEPRO), el Centro de Investigación Sísmica (CIS) y el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico (CIRES).

Tuvimos siempre apoyo incondicional del propio Dr. Emilio Rosenblueth. Por ejemplo, cuando le hablaba por teléfono porque teníamos que hacer alguna cosa, nunca me decía ven mañana o háblame mañana, siempre me decía: ‘ahorita’ y eso era impresionante porque se trataba de Dr. Rosenblueth, que mucha gente lo veía ya en esos tiempos con mucho respeto y hasta con temor. Y conmigo fue siempre sumamente cordial y muy consecuente. Cuando se complicaba algún diseño electrónico, por ejemplo, (él no era electrónico) me decía: ‘no te preocupes, si llega el sismo mañana, para cuando ocurran las réplicas, tú ya acabaste el diseño’.

Ha sido un experiencia impresionante tratar con estas ‘vacas sagradas’. Se les veía y se les recuerda con mucha admiración respeto. Tuve la gran fortuna de estar cerca de todos ellos. De conocerlos, de trabajar para ellos.

Comunicación y Contenidos: ¿Qué tan importante es la toma de datos cuando tiembla y su disponibilidad rápida y gratuita?

Le voy a contar una anécdota antes de contestar a su pregunta. Como mencioné anteriormente, yo trabajaba en la CFE de 1980 hasta 1985, cuando ocurrió el sismo de Caleta de Campos, Michoacán, el 19 de septiembre de ese año. A raíz de ese temblor, yo dejé de ir algunos días a las oficinas de la CFE pues no nos dejaban entrar porque tenían que revisar estructuralmente el edificio. Aprovechando esa coyuntura, me fui al IIUNAM y dije ‘voy al Instituto con mis amigos porque han de estar hasta el tope de trabajo’ y así lo hice. Fui a ayudar a recoger datos de acelerómetros de la ciudad, etc. Esa era la ‘talacha’ pesada.

Entonces tuve, de manera totalmente fortuita, la oportunidad de ir a recoger un acelerograma muy cerca del edifico que se cayó del Centro SCOP, ahí en Xola y Eje Central. Totalmente fortuito porque yo les decía a mis compañeros: ‘voy a donde quieran’. Y fui ahí, abrí la caja y saqué el dato. Ese registro es notable, conocido ahora como el ‘Registro del Centro SCOP del 85’, en el cual se ve el efecto del temblor. Se ve claramente que el registro se había ido muy por arriba de lo que se había usado en factor de diseño sísmico para estructuras.

Gracias a ese registro ‘amarraron a los perros’, porque la jauría estaba muy violenta en contra el Dr. Rosenblueth y en contra de todos los notables ingenieros que habían hecho el reglamento de construcción de la Ciudad de México, vigente en aquel año de 1985. Como vieron que el efecto había sido superior a lo que se había considerado, se aceptó que había que seguir investigando y ya no hostigaron a ese grupo. Con ese dato se tranquilizaron un poco las aguas y cambiaron mucho las cosas.

Nuestra misión, desde 1986, ha sido y es obtener y dar datos a quienes nos los pidan cuando ocurre un sismo. Esa es nuestra razón de ser. Estatutariamente tenemos que hacer pública dicha información. El gobierno de la CDMX nos ha patrocinado desde aquel año para que se cumpla con esta tarea que tiene varios fines, entre otros, para que los investigadores tengan los datos y los puedan estudiar e interpretar sin tener que invertir en crear grupos de toma de datos o en algo más. Nosotros somos esa fuerza de tarea que tiene las herramientas para ello.

Ese es el encuadre formal del CIRES. En la parte lúdica, para nosotros, ha sido crear y recrear los instrumentos, diseñarlos, ponerlos en servicio y con eso se da un círculo virtuoso, donde tenemos fondos para hacer eso. Aunque debo decir que es muy difícil tener patrocinio porque casi nadie quiere pagar el desarrollo de esta tecnología. Prefieren comprar las cosas. Pero nosotros lo hacemos porque lo hemos hecho desde hace mucho tiempo: desde la UNAM, con el profesor Humberto Rodríguez, con quien hacíamos mucho desarrollo y fuimos tomando ideas de tecnologías.

Al principio fue toda una aventura y tuvimos la oportunidad de hacernos cargo del servicio de acelerómetros. Luego propusimos hacer algo de telemetría, como la que hacíamos en la UNAM, y nos veían con cierta suspicacia y cuestionaban si íbamos a poder con ese reto en el CIRES. Al CIRES han entrado también ingenieros jóvenes muy capaces, muy entusiastas, muy talentosos. Son como solistas de una orquesta sinfónica, que hay que dirigirlos para que la obra salga bien y no se vaya cada quien por su lado. Cuando ha hecho falta, los aportes de todos han permitido que se tengan resultados óptimos.

Los registros de aceleración sísmica juegan un papel muy importante en la comprensión del fenómeno. Así lo decía el Dr. Emilio Rosenblueth: “Al grado de que todas las teorías que al respecto se han desarrollado, necesitan hacer uso de los registros y aún siguen preñadas de enormes incertidumbres”. Ahora, las estaciones de la Red Acelerográfica de la Ciudad de México (RACM) registran datos las 24 horas de los 365 días del año y los difunden en tiempo real a través de distintas vías de comunicación.

Una de las mayores aportaciones de la Red Acelerográfica de la Ciudad de México (RACM) ha sido la difusión sistemática de datos, de manera pública y gratuita, con los cuales se han revisado y perfeccionado los reglamentos de construcción de la ciudad. Sirven a las autoridades y sirven a los ingenieros. Gracias a los datos los investigadores pueden observar con detalle el proceso de arribo de las ondas sísmicas a la ciudad, entre muchas otras cosas. Ofrecer datos abiertos y gratuitos permiten a la comunidad científica tener un mejor conocimiento del comportamiento de los suelos en la CDMX.

Hemos obtenido muchos datos y se ha cumplido el objetivo de tener esta infraestructura que es necesaria. En el sismo del 19 de septiembre de 2017, por ejemplo, los datos generados y obtenidos por el CIRES han sido útiles y muy valiosos para la comunidad científica, para las autoridades y para la sociedad en general.

Comunicación y Contenidos: ¿Cómo fueron los primero minutos del CIRES?

Ing. Juan Manuel Espinosa: Pues ya constituidos, nuestras primeras juntas de trabajo se realizaban en una mesita pequeña, en lo que eran los primeros minutos del CIRES, en un salón de clases de 4 X 4 metros. En un edificio que al parecer había sido una escuela secundaria y que albergaba a la Fundación Javier Barros Sierra en la carretera al Ajusco, entre El Colegio de México (Colmex) y el entonces parque de diversiones ‘Reino Aventura’. En tono de broma, digo que eso explica lo que hacemos nosotros: el Colmex tiene mucha tradición en investigación y el parque de diversiones es lúdico y, sobre todo, tiene montañas rusas muy pronunciadas. Y algo así ha sido nuestro trabajo.

Como se sabe, quien ha estado desde el comienzo en el Centro, ha sido Gerardo Ibarrola, a quien conocí gracias a su hermano Fayo Ibarrola, quien era colaborador directo y muy apreciado del Ing. Marsal.  Entonces yo tenía que hacer un instalación eléctrica y no tenía con quien trabajar, y le dije a Fayo: ‘¿oye no tienes alguien que me recomiendes para hacer una instalación eléctrica?’. Y me contestó: ‘sí como no, le voy a decir a mi hermano Gerardo’. Hicimos la instalación y el 23 de diciembre de 1985 la echamos a andar, en la madrugada, y jaló a la primera. Levantamos todos los breakers y ¡no se botó nada! Jaló muy bien, y creo que se impresionó mucho Gerardo, porque él me ayudó y no nos falló nada, Y ahora hasta lo presume como un logro profesional. Y sí, porque aunque era una cosa ‘sencilla’, sí tuvo su chiste.

En ese cuarto, que era un salón de clases, supongo de 4 X 4, en una esquina estaba mi escritorio de director. En la otra estaba Gerardo Ibarrola y, en otra mesa, estaba Samuel Maldonado. Y en la tarde llegaban el ingeniero Bernardo Frontana y Gerardo Legaria. Ahí había un chofer también. Poco después llegó el Ing. Oscar Contreras.

En el medio estaba esa mesa de ‘dominó’ en la que nos sentábamos a platicar, con Ibarrola también de testigo, y yo les decía: ‘no podemos tomar decisiones sin que estemos todos, porque si le cambiamos el color a la torre de comunicaciones, quizá perjudiquemos algo que no sabemos’. Esto es metáfora, desde luego. Entonces todas las decisiones se hacen por consenso. No es lo que diga el director solamente; es lo que dicen todos. Entonces se acuerda y se sigue, y eso lo hemos hecho durante 35 años. Nos reunimos todos para que se respete el trabajo de los demás y que nos demos cuenta de que no es tan fácil tomar decisiones. No podemos hacer nada por la libre o de manera individual. Todos deben de estar enterados de todos (sic).

Comunicación y Contenido: Nosotros vemos en la ingeniería algo de arte, ¿es así?

Ing. Juan Manuel Espinosa: Por ahí le dejo de tarea lo siguiente: el Dr. Emilio Rosenblueth tiene una frase muy bonita. Se la voy a decir, pero no sé si me la he aprendido tal como la dijo: ´la ingeniería no es ciencia, ni es arte; pero el ingeniero hace arte y se deja guiar por la ciencia’. Es mucha creatividad.

Otro de sus amigos muy cercanos, el Dr. Antonio Alonso Concheiro, quien fue uno de los directores de otro de los Centros de la Fundación Javier Barros Sierra, y quien también es ‘un león’ como los otros personajes a los que me he referido, dice que ‘la ingeniería es hacer realidad las ideas’.

Lo que hemos hecho en el CIRES tiene cierto mérito. Como he mencionado, a mí me encanta la aviación. Ya dije que todos los domingos en vez de ir a misa, me iba al aeropuerto a estar entre los aviones, y moverles los controles, y ver los movimientos del volante, etc. Todo ello lo lleva a uno a cavilar cosas. Hay un documental, que a mí me parece muy bonito, sobre una marca de helicópteros que se llama Sikorsky, que lleva el apellido de un joven muy talentoso que era piloto: Igor Sikorsky.

Ahí se ven fotos de él al mando de un avión antiguo cuando tenía 19 años. Fue filmado en una fábrica portando un saco tipo ruso para el frio. Se le ve dibujando primero y luego cuando se levanta de su silla y se va a una forja para hacer una pieza, se sale al frio porque está nevando. Atornilla la pieza en un motor que está sobre un trineo con las aspas de helicóptero. Se sube, se sienta sobre el trineo que está sujeto con cables al piso y lo echa a andar. Y se empieza a elevar sin ir muy lejos porque está amarrado al suelo. Y ve que dio resultado su innovación, su desarrollo y regresa a su lugar a seguir trabajando.

Su mérito, su aporte, fue desarrollar el rotor de cola de los helicópteros para que sean manejables. Pero se ve en la filmación que no le salió a la primera. No le gustaba algo y se bajaba de donde estaba. Se metía otra vez al taller. Volvía a dibujar. Volvía a forjar y se subía otra vez al trineo y estaba él solo, sin gente. Eso me parece un gran ejemplo de tenacidad, de querer innovar. Y como este ejemplo, hay mucho otros, lo que pasa es que no siempre hay reporteros pululando.

La alerta sísmica.

Comunicación y Contenido: ¿Nos podría hablar sobre el sistema de alerta sísmica que desarrolló y el primer algoritmo, cómo se le ocurrió, estaba solo como Sikorsky o cómo fue la historia?

Para empezar habría que señalar algo importante. Las ideas de alertar sismos surgieron en el mundo desde hace cientos de años. Veamos, por ejemplo, el Sismoscopio Chino del año 132 de nuestra era. Siglos después, en 1868, el doctor J.D. Cooper escribió las primeras ideas de lo que sería un sistema de alertamiento sísmico para ciudades. Su idea quedó plasmada en una carta que Cooper envió al editor del San Francisco Daily Evening Bulletin, en noviembre de ese año. Proponía instalar un sencillo mecanismo en varios puntos, de 10 a 100 millas de San Francisco, en California, a través de los postes y cables telegráficos, para enviar la señal. Esa era la tecnología más avanzada de la época.

Yo no he estado solo como Sikorsky. El sistema de alerta sísmica se gestó, así como idea, en una mesa con cuatro personas: Gerardo Legaria, compañero mío de la carrera, como ya he dicho, hicimos la tesis con el profesor Humberto Rodríguez. Estaba el ingeniero Samuel Maldonado, quien es del Instituto Politécnico Nacional y también estaba el profesor Bernardo Frontana. Estamos hablando del año 1986, en las primeras horas del CIRES.

Platicábamos que había que hacer un proyecto equiparable al que sirvió para graduarnos y que se quedó en el IIUNAM, llamado SISMEX: “Sistema Sismotelemétrico de México”. A ese lo bautizamos gracias al profesor Humberto Rodríguez en el IIUNAM. Hicimos ese sistema, que era nuestra tesis, y que ya estaba ‘jalando’, pero que tenía ‘un montón’ de cosas por afinar.

Para esto, nos habían venido a ayudar cuando hicimos el proyecto. Por parte de la UNESCO, patrocinio que consiguió el Dr. Emilio Rosenblueth. Se hizo el sistema en el IIUNAM y, por el patrocinio, tuvimos que aceptar el ‘apoyo tecnológico’ de expertos de otros países, que finalmente no hicieron mucho, y al final nos dejaron solos. Y por ello me tocó ese privilegio de terminarlo, ya que todos mis compañeros se fueron a especializar al extranjero. Todos muy notables. Estaban: Juan García López, quien era uno de los puntales en al análisis del sistema, junto con el Ing. Humberto Rodríguez, Roberto Quass, Rodolfo Peters (por cierto sobreviviente, junto conmigo, de un accidente carretero en donde quedé inconsciente por varios días, con una conmoción cerebral. Y cuando recuperé el conocimiento, me enteré que no había matado a nadie y que Rodolfo había salido por su propio pie del accidente).

Rodolfo y yo somos muy amigos. Nos decimos ‘hermanitos’. Es el amigo más antiguo que tengo. El otro compañero notable era Gerardo Legaria, quien fue seleccionado de una terna de posibles astronautas, junto con Rodolfo Neri Vela y Ricardo Peralta.

Decía, todos se fueron a estudiar y yo me quedé aquí solo con el sistema. Fue una gran escuela, porque me tardé un par de años, pero lo armé como era el diseño. De punta a punta y, con ayudantes que tenía, hicimos los manuales de operación: desde la planta de luz hasta el último sensor de campo, que en ese tiempo era una red muy chica en el entorno del Valle de México. Estaban en Puebla, por Coyotepec, en la salida a Querétaro y en Iguala, Guerrero. Y todo lo que no pudieron hacer los europeos que vinieron a ayudarnos, lo resolvimos nosotros.

Luego, algunos ‘vivales’ de estos ‘asesores’, se fueron a dar asesorías a empresas en el extranjero y copiaron todo nuestro diseño y nos lo querían vender. Dos marcas importantes nos querían vender nuestro propio diseño, con algunos cambios ínfimos.

Todo ello, y la oportunidad de hacer y perfeccionar el sistema en la universidad, fue casi un posgrado para mí, porque no había quien me ayudara. Ahí si estaba casi como Sikorsky. Bueno, las asesorías me las daban los profesores Humberto Rodríguez y Bernardo Frontana, desde luego, pero la responsabilidad del sistema era mía. De hecho, hoy vivo en un edificio en donde puse unos sensores en la azotea cuando hice la tesis, en 1973, y quién iba a decir que me iba a venir a vivir acá.

Le comentaba: estábamos en la mesa que dije hace rato y yo les decía a mis compañeros que había que hacer un proyecto que tuviera el rango del SISMEX, el cual hicimos con mucho respaldo, principalmente de la UNAM, del IIUNAM, cuando su director era el Ing. Daniel Ruíz, que a la postre fue secretario de Obras en el entonces Departamento del Distrito Federal  (DDF) y quien fue el que nos contrató para hacer la alerta sísmica. Nos conocía desde que estábamos en ‘pañales’, ahí en el IIUNAM.

Desafortunadamente, recién murió, una gente muy querida, muy respetada y respetable. Recuerdo mucho cuando me decía: ‘Espinosa, yo nunca le he ordenado nada a nadie’. Tenía un talento fantástico para manejar personas. Fue un privilegio haber trabajado con él también. Ha sido una experiencia muy bonita, evitando, desde luego, el narcicismo que despostilla (sic).

Uno de los logros que tuvimos con nuestro SISMEX fue que obtuvimos un registro de un sismo que ocurrió en 1974, al cual los sismólogos notables de aquel tiempo, se lo llevaron a dar la vuelta al mundo presumiendo que lo habían logrado gracias a nuestro sistema. Se lo llevaron a un congreso a Roma y me pusieron como coautor. Y fue la primera vez que un geofísico me nombró como coautor de un artículo científico. Pero cuando me nombraron director del CIRES, este mismo sismólogo se enojó y ya no me quiso hablar.

Comunicación y Contenido: ¿Y el primer algoritmo?

Debo decir que yo me dediqué muchos años a medir sismos (en sismógrafos). Todos los temblores tienen una firma: tienen ciertas características, las fases, su arribo, las ondas P, S y la Coda. En el IIUNAM había personas muy notables de las que aprendí mucho y alterné mucho tiempo con ellos, yo en la parte de la electrónica por mi tesis.

Uno de ellos era el Ing. Jesús Figueroa Abarca, quien decía, cuando veía los sismogramas: ‘este sismo es de tal región, este de tal otra’. Nada más con verlos. Y es que los sismogramas son como cartas escritas a mano. Otro fue el investigador Arturo Arias Suárez, de altos vuelos; inclusive existe una ‘intensidad de Arias’, que tiene que ver con la energía.

Entonces hemos alternado con geofísicos desde siempre. Ya pasaron 35 años desde que se constituyó el CIRES y parece que ya hasta me aceptan.

Decía: la figura del sismo es inconfundible. Cualquier acelerograma tiene ese formato. Entonces, proponiendo que se pudiera reconocer el patrón del temblor, estuvimos trabajando con unos colegas geofísicos que podían hacer análisis además de programar. Como resultado, y gracias a las necedades del que habla, asesorado por el Dr. Francisco José Sánchez Sesma, nuestro actual Presidente, nos llevaron a conseguir a alguien, con apoyo de los responsables que me nombraron director del CIRES, a los que me he referido en esta entrevista.

Para llevar adelante al primer algoritmo, me llevaron a un geofísico (Roberto Ortega) que yo guiaba y supervisaba. Le decía: ‘vamos a hacer esto o lo otro, de esta forma o de la otra’. Es decir: él me enseñaba el trabajo y yo decía, sí o no. Yo daba las ideas y verificaba que lo que hiciera el programa, cumpliera con lo que yo quería. O sea, a mí se me ocurrió ‘la receta del pollo’, para hablar en términos muy coloquiales.

Es decir, el primer algoritmo yo lo sugerí. Dí toda la idea sobre cómo se podía hacer y me hicieron caso. El que lo programó fue el geofísico Roberto Ortega, quien ahora tiene a su cargo las instalaciones sismológicas de la UNAM en La Paz, Baja California Sur. Recuerdo que le decía: ‘esto no me gusta, quítale este dato’ pero como que no me daba mucho crédito.

A pesar de las resistencias de Ortega, al algoritmo le quitamos el dato que yo sugerí que se quitara, del sismo de Michoacán, de Caleta de Campos del 19 de septiembre 1985. De alguna manera tuvimos la oportunidad de tener un acelerograma de ese temblor. Un acelerograma de un lugar distante gracias a un sensor parecido a los que tenemos ahora con el SASMEX. Con esos datos, de ese acelerograma, dije: ‘mira Roberto, este dato, que es el más notable, no me gusta porque desgobierna toda la gráfica de curvas, hay que quitarlo por favor’, y eso no le gustó a Ortega.

Pero ‘de mis pistolas’, de puro ‘feeling’ ahí sí, lo he de reconocer, dije: ‘ese dato no va, y si lo quitan, todo el análisis se va a enderezar. Y tuve razón. Salió como dije y jaló el algoritmo. Se pudo manejar y le dije: ‘por favor, deja fuera el dato porque de todas maneras no es fácil resolver esto con rectas y si lo sacas, cualquier computadora lo analiza en un instante muy breve’.

Él se molestó y dijo que no se valía quitar un dato y me hizo una caricatura la cual aún conservo. En dicha caricatura nos decía que nos íbamos a ir al hoyo. A un agujero, porque iba a haber un temblor muy fuerte, se iba a abrir la tierra y se iba a ‘tragar’ al CIRES. Y pues hasta ahora no ha pasado y ya van varios sismos fuertes que aquí en la colonia Narvarte han registrado aceleraciones muy grandes.

Yo creo que él estaba molesto porque como era geofísico y yo no, pensaba: ¿cómo un ingeniero electrónico se atrevía a invadir sus terrenos y más aún a corregirlo? Ha sido un desarrollo fantástico en todos los sentidos, porque ese feeling del ingeniero, vamos a ponerlo en esos términos’, domina y dominó. Ni modo. Así son las cosas. Los diálogos y las discusiones son bonitas. Esas figuras las hicimos en nuestras oficinas, que en ese tiempo estaban en la calle de Monrovia en la colonia Portales de la Ciudad de México.

Por ese tiempo se dio también un donativo por parte del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología  (CONACYT), quien dio un donativo de 300 millones de viejos pesos, que eran en realidad 300 mil pesos porque todavía no le quitaban los tres ceros a nuestra moneda. que por mucho años fue la cantidad más grande que se había manejado. Y ese dinero lo depositamos. Y de los puros intereses logramos vivir un año. Y además habiendo comprado el equipo.

Recuerdo también que en esos días le decía yo a Emilio (Rosenblueth) ‘estoy preocupado porque ya tengo equipo electrónico en las estaciones de campo y aún no puedo meterles el programa para que discrimine si el movimiento que capta es un sismo o se trata de otra cosa, como ganado o camiones, y así no puedo obtener un rango’. Y ahí discutía yo. Por cierto, muy afortunado poder discutir con gente de ese calibre, que aunque no era electrónico, sí sabía de las señales sísmicas, por supuesto, y entonces lo echamos a andar.

Todo ello fue una gran oportunidad. Esos avances se los presentaba al Dr. Rosenblueth, quien me recibía casi al instante porque estaba muy interesado en que existiera la Red primero y, posteriormente, la alerta sísmica, la cual le dio mucha motivación porque tenía que dar la cara si ocurría otro gran sismo. Otro factor que nos ayudó fue que el Ing. Humberto Rodríguez tuvo siempre ‘carta blanca’ con todos los notables y hasta con las autoridades. Eso nos dio mucha confianza. Nos dejó ir, ‘le soltó el hilo al papalote’: voló y lo hemos hecho desde hace 35 años.

Comunicación y Contenido: ¿Y los demás algoritmos fueron una evolución del primero?

Algunos años después de lo que conté hace un momento, el primer algoritmo ya estaba funcionando y ya había advertido varios sismos con éxito. Se dio entonces el ingreso al CIRES de un estudiante que promovió un buen amigo, muy inteligente, por cierto, el Ing. Alejandro Jiménez, al cual le hicieron un homenaje en el IIUNAM. Cabe destacar que Alejandro y yo recorrimos el mundo con motivo de la alerta sísmica. Era un oaxaqueño muy capaz, quien falleció en 2016 lamentablemente.

Era en profesor muy estricto. Él me conseguía estudiantes que a su parecer podían contribuir con el Centro, y gracias a Alejandro, llegó el ahora Dr. Armando Cuéllar, ingeniero en computación y un buen analítico – matemático.

El matemático Cuéllar y yo empezamos a platicar sobre la posibilidad de que el sistema no esperara tanto tiempo en determinar el rango; que quizá con los primeros análisis de la fase de la onda P se podría alertar. Él, junto con la Ing. Sandra Ramos, se pusieron a desarrollar una opción que podría tomar menos tiempo en determinar el rango. Comenzaron a desarrollar esta versión mejorada y, como se podían hacer ensayos con datos que ya estaban a nuestro alcance por los mismos productos del sistema, se empezaron a ver resultados y fue entonces que se adoptó un algoritmo más rápido. Posteriormente se mejoró esa versión con el algoritmo de 3 segundos, que es uno de los más rápidos del mundo para alertar sismos. Fue un gran logro para el Centro. Yo no me metí a hacerlos, la ‘talacha’ fue del Dr. Cuéllar.

El camino estaba marcado gracias al primer algoritmo que desarrollé, pero yo solo soy electrónico. No soy geofísico, no soy sismólogo. No puedo deducir las ondas: las velocidades de las ondas P y las ondas S, pero ya habíamos hecho un proceso de un algoritmo y ese proceso estaba razonablemente accesible.

Comunicación y Contenidos: Algún día comentó que el CIRES se parece a una orquesta sinfónica, ¿cómo es trabajar con puro solista virtuoso?

En efecto, hay puro solista virtuoso. El talento de todos ellos. Algunos inclusive lo traen de herencia, como Gerardo Ibarrola, quien es sobrino de otro notable de la CFE: el Ing. Salvador del Pozzo Mastachi, quien era responsable de armar las ‘casas de máquinas’ de las hidroeléctricas más importantes de México. Armaba los generadores, que es un trabajo grande: ¡toda la mecánica de precisión!

Tenemos a nuestro artista en electrónica, que es el Ing. Armando García, a quien de repente se le ocurren cosas y sin mayor problema encuentra la solución. El Ing. Lucio Camarillo, quien es nuestro brazo derecho en campo para la RACM y que ha aprendido mucho a cómo alinear la electrónica analógica con la digital. Al ingeniero Roberto Islas, que ha sabido llevar de muy buena forma al SASMEX. Al Dr. Armando Cuéllar, que como dije anteriormente es un buen matemático y quien desarrolló el algoritmo 3 segundos. Al ingeniero Oscar Contreras, que nos apoya en proyectos especiales. Ellos son los coordinadores, pero a su vez tienen a sus respectivos equipos que están compuestos por gente muy valiosa, trabajadora y talentosa. Esta gente es la que hace la ´talacha’, los que van al campo, que no es nada fácil, los que meten las manos en el campo, etc.

Y por supuesto, hay que mencionar a los asesores del Centro y amigos desde hace muchos años, como el Ing. José Miguel Madinaveitia, el Ing. Ing. Fernando Casas y el Ing. Samuel Maldonado, del que ya referí algunas cosas. Y a mis maestros de siempre, el Ing. Humberto Rodríguez y el Ing. Bernardo Frontana.

Además de los coordinadores, tenemos a todos quienes nos apoyan en el área administrativa y que están encabezados por el contador Oscar Huerta, a quien he tenido la fortuna de conocer desde hace muchos años también, y que juntos hemos pasado las duras y las maduras. Sin ellos, nada de lo que hacemos sería posible.

Por mi parte, creo que mi educación espartana me ha ayudado. Mi padre me decía: ‘mira, hay que hacer las cuentas del día y hay que dejar en la caja dinero para todos los gastos: para el compromiso, los salarios, la renta, etc. Habrá veces que se necesitará sacar de la bolsa propia para el compromiso’.

Yo me encargué del negocio familiar. Era un negocio de fotografía: “Estudio Fotográfico Espinosa”. Mi abuelo le enseñó el oficio a todos sus hijos; puso una especie de franquicia de fotografía. Eran varios estudios. Él era un ‘gitanaso’  a cualquier colonia o barrio que iba instalaba un estudio. Con eso vivieron muy bien todos. Había uno en lo que hoy es el Eje Central Lázaro Cárdenas, Niño Perdido se llamaba antes. Otro en la avenida José María Pino Suarez; otro, el “Ligth Estudio”, que era la de mi papá, en la esquina que conforman las calles de Tacuba y Brasil, en el Centro Histórico. Y otro que era Estudio Espinosa, también en la calle de Tacuba, pero más cercano al Palacio de Minería. Posteriormente se movieron todos los estudios a la colonia Portales.

Retomando su pregunta sobre cómo ha sido dirigir el CIRES, quisiera decir que hemos aprendido todos, yo principalmente. Somos un grupo de gente con responsabilidades y servicios que no pueden fallar.

En el CIRES, un área no es más que otra. El Centro es todas las áreas al mismo nivel. No es el número 811 de la calle de Anaxágoras ni el 814; es el grupo en su conjunto el que da resultados. Entonces tenemos que ser muy equilibrados en defender al CIRES. Lo que no soporto son las mentiras o que me oculten algo; que me digan algo que no es verdad, porque si se descubre otra cosa, yo lo considero alta traición, porque exhiben al Centro mismo y a mi persona en mi carácter de director general.

La confianza se va ganando en el camino, pero si uno hace cosas absurdas, igual se pierde. Sin embargo, siempre he pensado también que cualquier cosa que pasa, ocurre porque estamos intentando hacer algo. Decía mi padre: ‘solamente no rompen los aviones las costureras’. Pero lo primero es que el jefe esté enterado, sin que se le oculte nada. No me quiero enterar después que me pudieron haber dicho antes de que yo hablara. Si me agarran en curva, entonces sí perdemos la amistad. Yo acepto que las cosas no ‘jalen’ a veces. Sé que estamos en el camino de innovar, en la pelea por siempre ser mejores y crear. Pero díganme las cosas para que yo pueda meter las manos como se deba.

Yo hago muchas cosas solo: desde un avión de papel, hago que vuele bien. Desde chico he tenido la fortuna de hacer muchas cosas. Por ejemplo, aeromodelismo, y me he divertido mucho. El CIRES, toda proporción guardada, es un desarrollo tecnológico que hemos vivido al parejo y da mucho gusto ver que sí funcionan las cosas.

Estamos haciendo cosas. El símbolo de la Fundación Javier Barros Sierra se me hace una cosa muy afortunada, porque es un círculo que nunca se termina, perpetuo. Es dar vueltas y vueltas y vueltas y cada vez las cosas salen mejor. Ya no tienen tantos errores porque se han ido perfeccionando. El chiste es ubicarse en una posición de equilibrio donde se dé oportunidad a que los desarrollos nuevos también florezcan. Por ejemplo, si ya no hay refacciones para algún instrumento que esté en servicio, pues tienen que entrar los desarrollos nuevos. Y lo ideal es que ya estén maduros y probados para que ya no le tiemble a uno el pulso para echarlos a volar.

En el Centro casi todos tienen justificado su trabajo. Nada más que tienen que entender que es una orquesta, no es un concierto para solistas. La verdad es que cuando ocurre un sismo y suena la alerta, se están ejecutando gran cantidad de cosas que se han concebido con virtuosismo, que se han conservado con mucho equilibrio. Son diseños muy maduros que no están consumiendo energía más de la cuenta; no tenemos energía eléctrica comercial, todo es energía solar. En fin, muchas cosas que sonaría muy petulante detallarlas, pero la verdad es que a mí me da mucho gusto que haya tenido la posibilidad de que mucha gente nos siga el ritmo y, que ahora, podamos estar aquí todos juntos.

Comunicación y Contenidos: El CIRES cumple 35 años en este 2021, ¿cómo ve al Centro en otros 35 años?

Ing. JME. Aquí lo que es importante es aceptar que este trabajo, que afortunadamente ha dado resultados, es necesario. Nunca se va a justificar que ya no se haga, a menos que se tengan otros procesos para alertar de manera distinta a lo que hemos hecho.

No creo que vaya a mejorar la forma de alertar porque es un fenómeno muy esquivo. No hay manera de pronosticar un sismo con garantía. Se tiene que seguir instalando equipo así como el que tenemos. Se tiene que mantener operando, activo y a la vanguardia. Esto lo ha hecho el CIRES y lo seguirá haciendo. Y eso es una gran satisfacción para los del área de diseño y para todo el CIRES en general.

Hacia el futuro hay que mantenerse siempre a la vista de la innovación. En la frontera de la innovación. Y eso es parte de lo divertido; de mantener un quehacer de recrear el sistema. Perfeccionarlo, con lo que se va aprendiendo y con los nuevos procesos analíticos, nuevas tecnologías. Los equipos de cómputo cada vez son más sofisticados y a la vez económicos y surgen tentaciones de hacer más cosas en el campo, por ejemplo.

El diseño electrónico, los procesos de programación, las telecomunicaciones que ahora dominan en el mundo, son retos que se nos presentan y que vienen con tecnologías muy actuales. Por ejemplo, ahora, aún en estado de confinamiento, el Centro mantiene el servicio y éste no se ha degradado. Tal vez hasta se ha pulido porque los colaboradores pueden, en muchos casos, trabajar desde su casa.

El Centro está caminando de manera muy equilibrada y sí hay que cuidar que algunos colaboradores aterricen sus ánimos y que no se estén jalando la cobija, porque se han dado situaciones que no hay que alentar. Tenemos que estar conscientes de que el servicio no se puede detener. La ventaja de este trabajo es que no son productos de entretenimiento o similares. Es un trabajo necesario, de seguridad ante un fenómeno que ahí está y que no se controla. Entonces, la posibilidad de que esto se prolongue el tiempo que sea necesario, pues no es poca, es muy alta. Porque además, partimos de que es un trabajo que pudimos hacer bien, que ha sido exitoso y que no se justificaría que lo paren.

Algo que tampoco hay que perder es lo que ha pasado desde la creación del CIRES: llamar a los jóvenes que están en la escuela y que se forman con estas perspectivas de crecimiento, innovación y desarrollo. Desde el inicio lo hemos hecho y ellos han encontrado en el CIRES dónde hacer actividades como la toma de datos y el registro sísmico. Entonces sus estudios y su trabajo se convierten y toman un sentido claro y útil. Y así los muchachos se comprometen, buscan que las cosas sean muy confiables y, en fin, se dá una dinámica muy afortunada.

Esto ha permitido darle tareas a los que pueden diseñar. A los que pueden tomar datos y manejar instrumentos y a su vez ganar experiencia para que puedan crecer y ‘brincar’ dentro del CIRES a otras áreas más retadoras, como la de diseño. Otros se quedan en el área de servicio con mucha responsabilidad. Son varios frentes que han dado resultado y que las autoridades nos han permitido desarrollarlas.

Las autoridades ya nos pusieron en la Ley y en un reglamento. Puede que en el futuro uno ya no esté, pero los que queden, si no son torpes, tienen asegurado un futuro y un trabajo creativo, que por cierto, en pocos lugares se permite desarrollar y crear. Porque aquí somos los desarrolladores. Cualquier cosa que se pueda uno imaginar la desarrollamos, pero con el equilibrio que merece ser de seguridad nacional.

Hay mucho de qué enorgullecerse en el CIRES, sobre todo y ante todo su gente. El chiste es que no nos falle el objetivo principal, que es dar un servicio impecable. Funciona fijarse en los objetivos.

La visión ideal que yo tenía en 1986, se dio y ha sido un buen referente. No hemos perdido el rumbo. Lo que se debía de hacer, se ha hecho, aunque como siempre, quedan algunos pendientes por desarrollar.

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