“Cada estación es una historia. Algunas están ocultas, otras son visibles, pero todas tienen el mismo propósito: escuchar cómo respira la tierra.”
Desde hace casi cuatro décadas, un conjunto de sensores distribuidos bajo el suelo de la capital mexicana trabaja silenciosamente para registrar cada vibración que provoca un sismo. Se trata de la Red Acelerográfica de la Ciudad de México (RACM), un sistema administrado por el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico (CIRES) que, desde su creación, ha sido clave para entender cómo se comporta el terreno durante los movimientos telúricos.
La RACM nació en 1986, como respuesta a la necesidad de conocer a fondo los efectos del devastador sismo de 1985. Su desarrollo fue posible gracias al impulso del CIRES, la Fundación Javier Barros Sierra y la Fundación de Ingenieros Civiles y Asociados (FICA). En sus inicios, la red estaba conformada por 40 estaciones de superficie y 8 subterráneas, ubicadas estratégicamente en distintos puntos de la ciudad.
Cada estación fue diseñada para operar de manera autónoma, utilizando paneles solares y acumuladores que aseguran su funcionamiento incluso durante emergencias. Con el paso del tiempo, el sistema evolucionó y adoptó dos tipos principales de estaciones: las tipo FICA, estructuras subterráneas robustas casi invisibles, y las tipo CIRES, pequeñas casetas verdes que resguardan los instrumentos.
Actualmente, la Red Acelerográfica cuenta con 81 equipos activos en 63 sitios de la capital. Más de la mitad de ellos, el 62 %, están ubicados en escuelas, mientras que el resto se encuentra en parques, deportivos e instituciones públicas como el Palacio de los Deportes o el Autódromo Hermanos Rodríguez. Esta distribución estratégica permite cubrir zonas con distintos tipos de suelo y analizar cómo responde cada una ante un sismo.
Sin embargo, mantener en funcionamiento este sistema no ha sido tarea fácil. El equipo técnico del CIRES enfrenta retos logísticos, burocráticos y urbanos, como las dificultades para acceder a los sitios de instalación o los daños por vandalismo y deterioro. En algunos casos, las estaciones incluso han sido ocupadas temporalmente por personas en situación de calle.
Para hacer frente a estos desafíos, el CIRES planea conformar un equipo de mantenimiento especializado, con conocimientos en albañilería, pintura, electricidad y herrería, que permita revisar de manera más constante entre 10 y 12 estaciones por año.
Más allá de la parte técnica, el trabajo de los ingenieros del CIRES representa un esfuerzo constante por preservar el conocimiento y la memoria sísmica de la ciudad. Durante una charla interna, los integrantes rindieron homenaje a pioneros como Carlos Bañales y Jorge Prince, quienes participaron en las primeras obras civiles del proyecto.
Hoy, la RACM continúa modernizando con nuevas antenas y sistemas de transmisión automática, lo que permite enviar datos en tiempo real al centro de monitoreo del CIRES. Esta información contribuye directamente al mejoramiento de los protocolos de emergencia en la ciudad.
El compromiso del CIRES y de los ingenieros que mantienen viva la Red es claro: para mitigar el riesgo sísmico y proteger a millones de personas a través de la ciencia, la tecnología y la dedicación. Porque detrás de cada estación, visible o subterránea, hay un mismo propósito: escuchar cómo se comporta la tierra.
