Era el 27 de febrero de 2010, las 3:34 de la madrugada, cuando un terremoto magnitud 8.8, de los mayores que ha sufrido la humanidad, hizo salir de sus camas a la población que dormía en Chile.
El escritor Juan Villoro fue invitado para participar en el Congreso Internacional de Lengua y Literatura Infantil. Se hospedó en un hotel de Santiago de Chile, en un séptimo piso, y desde ahí narra su personal crónica de sobrevivencia a este gran terremoto.
Plasma en historias el entorno que vivió con los escritores y editores que lo acompañaron en aquellos momentos; desde sus costumbres hasta el piyama que utilizaban para dormir, sin olvidar sus sentimientos y miedos; sin desaprovechar los pasajes que bien pueden provocar una anécdota de humor ácido para su crónica.
Después de sentir el sismo en el hotel de Santiago, Villoro calculó cercanamente su magnitud y fue inevitable que recordara el sismo de 1985, ya que, desde aquel momento, “los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma”.
Villoro recuerda que al igual que en 1985, hubo negligencia del gobierno mexicano, pero en esta ocasión para apoyarlo a salir de Santiago, “como el día se acortó una milésima de segundo, nuestra burocracia ya no tenía tiempo para nada y no hubo modo de apoyarnos”, se explica el autor.
Aprovecha para reflexionar sobre la corrupción inmobiliaria en México, y acertadamente afirma que: “los terremotos son inspectores de la honestidad arquitectónica”.
El terremoto de Chile es un pretexto para escribir memorias, historias y recuerdos… para pensar que “los terremotos representan un striptease moral. Lo peor y lo mejor salen a la luz”.

